Expertos advierten que el fenómeno responde a cambios estructurales y puede afectar la autonomía, la autoestima y las dinámicas familiares.
Vivir con los padres después de los 30 años es una realidad cada vez más frecuente en Chile. Actualmente, más de 900 mil personas mayores de 31 años permanecen o han regresado al hogar familiar, consolidando una tendencia que ya no puede considerarse excepcional. Así lo revela un estudio de la U. Católica, basado en datos de la Encuesta Casen.
Por otro lado, un estudio de la Universidad de los Andes realizada en distintas comunas del país mostró que un 37,2% de los chilenos considera que no existe una edad límite para dejar el hogar de los padres, cifra que en mujeres alcanza el 41,2%.
Pese a esta tendencia, las opiniones siguen siendo diversas: un 30,7% sitúa la edad adecuada para independizarse entre los 25 y 29 años, mientras que un 24,1% cree que este paso debería darse antes, entre los 18 y 24 años. En este contexto, la convivencia prolongada también se vincula a una mayor flexibilidad en las dinámicas familiares, donde permanecer en el hogar es visto, en muchos casos, como una forma de apoyo mutuo.
“Hay un factor económico evidente, pero también cambios sociales importantes: estudios más largos, inserción laboral más inestable y una adultez que hoy se vive de formas más diversas, con tiempos y metas distintos a los de antes”, explica María José Jeldres, psicóloga y docente de ADIPA.
Aunque se observa principalmente entre personas de 30 a 40 años, la tendencia también incluye a adultos de mayor edad y es más frecuente en mujeres, muchas veces vinculada a roles de cuidado dentro del hogar. En este contexto, no todos los casos responden a dependencia: en muchos hogares se configura una lógica de apoyo mutuo, especialmente cuando existen padres mayores o en situación de vulnerabilidad.
“Hoy las personas viven más años y las dinámicas familiares se han ido reorganizando, por lo que en varios casos no se trata de dependencia, sino de asumir responsabilidades, como apoyar o cuidar, dentro de una dinámica de sostén mutuo”, señala la especialista.
Desde el punto de vista psicológico, el impacto de esta convivencia es ambivalente. Para algunas personas, representa un espacio de contención y apoyo en momentos complejos; para otras, puede vivirse como un retroceso o una señal de fracaso personal, especialmente si se reactivan dinámicas familiares más infantiles o se ve limitada la autonomía.
“Puede tener efectos bien distintos. Para algunas personas es un alivio y un espacio de apoyo; para otras puede generar tensión, o incluso vivirse como un retroceso o un fracaso”, indica la docente de ADIPA.
En esa línea, pueden aparecer sentimientos de frustración, dependencia o estancamiento. “Esto se suele manifestar en comparaciones con otros, mayor autocrítica, exigirse más de la cuenta y cierta dificultad para sostener decisiones propias, junto con la sensación de estar estancado en la vida”, agrega.
Sin embargo, también existen efectos positivos. La convivencia puede fortalecer vínculos y ofrecer una red de apoyo emocional y práctico relevante. “Puede tener un impacto positivo, sobre todo en términos de contención y apoyo cotidiano, siempre que no se pierdan espacios de autonomía”, puntualiza.
Uno de los principales desafíos está en la convivencia diaria y en la redefinición de roles al interior del hogar. Es común que se mantengan dinámicas antiguas, donde los padres conservan un rol directivo y los hijos una posición más pasiva, lo que puede generar tensiones en los límites y en la toma de decisiones. “El desafío es poder transitar hacia una relación más horizontal, colaborativa y menos directiva, entre adultos”, advierte la psicóloga.
Cuando la convivencia está determinada por la necesidad de cuidar a padres mayores o dependientes, la carga emocional puede intensificarse. En estos casos, es frecuente la aparición de sobrecarga y sentimientos de culpa, especialmente cuando la persona siente que necesita espacios propios o se ve sobrepasada por las responsabilidades.
La situación se vuelve problemática cuando comienza a afectar el desarrollo personal. “Se vuelve compleja cuando la persona siente que no puede tomar decisiones propias, avanzar en su vida o salir de esa situación, aun cuando quisiera”, explica Jeldres.
Para mantener una convivencia saludable, la especialista de ADIPA enfatiza la importancia de establecer acuerdos claros. “Poder hablar de límites, responsabilidades y decisiones ayuda mucho a evitar conflictos. Y algo clave: no volver a una dinámica de antes, sino construir una convivencia más horizontal y colaborativa”, recomienda.
Fuente: comunicate360.