- Investigación realizada por la Universidad de Santiago, entrevistó a 387 personas privadas de libertad en diez cárceles de Chile. Los testimonios de los condenados revelan que muchos consideran la actividad delictiva como una manera de obtener recursos, alcanzar un determinado estatus y una oportunidad para construir una identidad.
Una investigación liderada por el Mauricio Olavarría Gambi, académico del Departamento de Estudios Políticos de la Universidad de Santiago de Chile, examina el riesgo que implica volver a la cárcel a partir de testimonios brindados por las propias personas encarceladas.
“La motivación es obtener los medios de vida que su educación y sus habilidades laborales no les permiten alcanzar. Ese incentivo está asociado a una identidad y a una racionalidad delictual, es decir, ellos se reconocen como delincuentes, viven de eso y evalúan los riesgos y las penas a las que se exponen”, explicó el investigador del Departamento de Estudios Políticos Usach.
Publicado en la Revista Científica General José María Córdova, el artículo titulado “La delincuencia según delincuentes: testimonios de penados reincidentes en cárceles chilenas”, analizó entrevistas a 387 personas, 352 hombres y 35 mujeres, condenadas por diversos delitos en diez cárceles de Arica, Alto Hospicio, Antofagasta, Concepción y Santiago. Las entrevistas se realizaron entre octubre y diciembre de 2022, en momentos en que los participantes estaban próximos a cumplir sus condenas.
Consumo, poder y reconocimiento
“Yo siempre he delinquido, siempre he andado robando y he comido y me he vestido de eso”, señaló uno de los condenados entrevistados para el artículo. Y otro agregó: “Yo aparte no trabajaría un mes completo para ganarme 200 lucas, primero que todo. 200 lucas, voy y me la gano en media hora, cachái”.
Las declaraciones revelan la importancia del delito como fuente de ingresos y, por tanto, como parte de la vida cotidiana de los entrevistados. De hecho, de acuerdo al estudio, el 94,57 % de los participantes declaró que sus ingresos provenían del delito.
“Los relatos describen el uso de esos recursos para sostener a la familia, adquirir bienes y financiar actividades recreativas. También aparecen aspiraciones de consumo, poder y reconocimiento en su entorno”, explicó Olavarría a Diario Usach.
Lo anterior además concuerda con el alto porcentaje de entrevistados que nunca había trabajado o había tenido empleos inestables, alcanzando un 91,21 %. Algunos de ellos comparan los bajos ingresos que podrían obtener de un trabajo formal con los que atribuyen al delito. Otros manifestaron rechazar los horarios del mundo laboral y la subordinación a un empleador.
“Dada su educación y las habilidades laborales que tienen, es muy difícil para ellos obtener un trabajo formal que les reporte el nivel de ingresos que quieren obtener”, explicó el académico.
A pesar de lo anterior, el 41,60 % manifestó disposición a trabajar lícitamente, lo cual abre la interrogante respecto de las condiciones necesarias para que esa intención pueda convertirse en una realidad sostenible en el largo plazo y que reemplace la actividad delictiva.
Las penas entran en el cálculo
El estudio identifica las capacidades de planificación y aprendizaje de quienes cometen delitos. Algunos participantes describen cómo recogen información, seleccionan las oportunidades y toman precauciones para reducir el riesgo de ser detenidos.
“Hay una racionalidad importante en el blanco que eligen para delinquir, pero también en cómo organizan al grupo o banda. El dinero que se espera obtener se considera junto con las posibilidades de ser sorprendido, sufrir lesiones e incluso a la las posibles penas que se exponen”. señaló Olavarría.
Ese cálculo puede producir respuestas distintas, explica el investigador. “En algunos testimonios, la consideración de las sanciones lleva a cambiar de actividad sin necesariamente abandonar el delito”, acotó.
Costos propios y daño a víctimas
Para el investigador, las consecuencias de la condena también pueden adquirir mayor peso después de años en prisión. El estudio revela que algunas personas entrevistadas sienten que han perdido demasiado: relaciones de pareja, contacto con sus hijos y tiempo de vida.
“Ya llevan mucho tiempo en la cárcel y sienten que han perdido mucho. No han visto crecer a sus hijos y ya no tienen vínculo con ellos. Quieren pasar el resto de su tiempo más tranquilos”, sostuvo Mauricio Olavarría.
Lo anterior sin embargo, no implica que los condenados reconozcan en muchos casos el daño causado por sus acciones delictivas. En el estudio, el 64,08 % fue clasificado como participantes que no reconocen el daño provocado a la víctima, mientras que solo el 34,37% sí identificó efectos sobre ella.
“Ellos ven el daño en sí mismos, pero no ven el daño que han cometido a la otra persona. Tienden a minimizar el daño que han provocado, con argumentos que suponen que una víctima con recursos económicos puede reemplazar lo perdido, o considerar que no hubo daño porque no se produjeron lesiones físicas”, explicó el investigador.
Abandonar el delito
Mauricio Olavarría destacó que para una reinserción exitosa el apoyo familiar y las oportunidades laborales, acompañadas de atención psicosocial, son factores clave. “Un empleo público post carcelario, más intervenciones psicosociales a ellos y a sus familias, podría ayudar mucho en el desistimiento”, afirmó.
“Estas medidas deben articularse con la prevención social, el control del delito y la efectividad de la justicia, de modo que la intención de cambiar encuentre condiciones concretas para sostenerse”, finalizó el investigador.
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Fuente: Usach