El último informe de Naciones Unidas entrega una cifra preocupante que nos obliga a mirar más allá de los habituales consejos nutricionales: el 36,8% de la población chilena no puede pagar una dieta saludable. Para millones de personas en nuestro país, decidir qué se pone sobre la mesa no pasa por saber qué alimentos son más convenientes para la salud, sino por cuánto dinero queda disponible al final del mes.
Cuando el presupuesto familiar se estrecha, la prioridad cambia. Se buscan productos que rindan, produzcan saciedad y puedan conservarse por más tiempo. En este escenario, los alimentos ricos en harinas refinadas, azúcares, grasas y sodio compiten con ventaja frente a frutas, verduras, pescados y otros productos frescos. Esta forma de comprar permite resolver la urgencia del hambre, pero no siempre aporta la variedad y los nutrientes que el cuerpo necesita. Así, en un mismo hogar pueden convivir la inseguridad alimentaria, el exceso de peso y la falta de vitaminas o minerales, distintas caras de un mismo problema social.
Responsabilizar exclusivamente a las personas por estas decisiones resulta injusto y poco efectivo. La educación alimentaria es indispensable, pero ningún consejo nutricional puede compensar por sí solo los precios elevados, los ingresos insuficientes o la falta de ferias libres y comercios cercanos. Comer saludable no es únicamente un asunto de voluntad o conducta individual; también depende del entorno en que vive cada persona y su familia.
Aun así, existen herramientas que pueden ayudar a aprovechar mejor un presupuesto acotado. Planificar el menú semanal y comprar con una lista permite reducir gastos impulsivos y evitar el desperdicio. También es posible recurrir a las legumbres, como lentejas, porotos y garbanzos, que son económicas, rinden bastante y aportan fibra, hierro y proteínas. Los huevos y las conservas de pescado pueden ser alternativas accesibles y versátiles, mientras que las frutas y verduras de temporada suelen ofrecer mejores precios.
Comparar el valor por kilo, preferir comercios locales y cocinar porciones mayores para refrigerar o congelar también permite optimizar los recursos. No todo alimento nutritivo necesita ser costoso: avena, papas, huevos y verduras de temporada pueden formar parte de preparaciones sencillas y equilibradas.
Garantizar que todos podamos alimentarnos bien no debería ser un lujo para quienes tienen mayores ingresos. Es una inversión fundamental en salud, desarrollo y dignidad, y una responsabilidad que como sociedad debemos asumir.
Bautista Espinoza, Nutricionista
Facultad de Ciencias de la Rehabilitación y Calidad de Vida
Universidad San Sebastián
Fuente: USS