Especialista advierte que muchas personas creen estar sufriendo un infarto cuando en realidad experimentan un ataque de pánico. La clave está en identificar los síntomas y entender cuándo la ansiedad deja de ser una respuesta normal al estrés.
Palpitaciones, dificultad para respirar, mareos, opresión en el pecho y una sensación inminente de que algo terrible ocurrirá. Para muchas personas estos síntomas son motivo suficiente para pensar que están sufriendo una emergencia médica. Sin embargo, en numerosos casos corresponden a un ataque de pánico, una experiencia intensa que suele confundirse con la ansiedad, pese a que ambas tienen características muy distintas.
“La ansiedad suele aparecer de manera gradual y mantenerse durante un período más prolongado, mientras que el ataque de pánico surge de forma abrupta, alcanza su máxima intensidad en pocos minutos y genera una sensación inmediata de peligro”, explica María José Jeldres, psicóloga y docente de ADIPA.
Según la especialista, la confusión es frecuente porque ambos cuadros comparten manifestaciones físicas como palpitaciones, sensación de ahogo, mareos, tensión muscular e inquietud. La diferencia es que, durante un ataque de pánico, la persona puede llegar a creer que está sufriendo un infarto, que dejará de respirar o que perderá completamente el control, incluso cuando no existe una amenaza real.
Eso sí, Jeldres enfatiza que, cuando estos síntomas aparecen por primera vez, siempre es recomendable acudir a una evaluación médica para descartar causas físicas y no asumir automáticamente que se trata de un ataque de pánico.
¿Cuándo la ansiedad deja de ser normal?
La ansiedad, aclara la psicóloga, es una emoción necesaria que ayuda a enfrentar desafíos cotidianos. El problema aparece cuando deja de cumplir esa función y comienza a limitar la vida de las personas.
“Si alguien empieza a evitar situaciones habituales, deja de realizar actividades por miedo, presenta dificultades persistentes para dormir, mantiene una preocupación constante o ve afectado su trabajo, sus estudios o sus relaciones personales, probablemente sea momento de consultar a un profesional”, señala.
Una pregunta sencilla puede servir como señal de alerta: ¿la ansiedad me está ayudando a enfrentar la vida o me está impidiendo vivir con normalidad?
La especialista sostiene que el contexto actual favorece la aparición de este tipo de cuadros. La sobreexposición a información, la incertidumbre económica, la comparación constante en redes sociales y los altos niveles de exigencia hacen que muchas personas permanezcan en un estado permanente de anticipación.
“Hoy vivimos conectados prácticamente todo el tiempo, respondiendo mensajes, pensando en pendientes y proyectándonos hacia el futuro. Además, existe una mayor conciencia sobre la salud mental, por lo que más personas reconocen sus síntomas y buscan ayuda”, comenta.
Qué hacer durante un ataque de pánico
Uno de los errores más comunes es intentar eliminar inmediatamente las sensaciones físicas, ya que esa lucha suele aumentar el miedo y hacer que la crisis se intensifique.
La recomendación es recordar que, aunque el episodio resulte muy angustiante, en la gran mayoría de los casos no representa un peligro para la vida.
Entre las primeras acciones que pueden ayudar a disminuir la intensidad de un ataque de pánico, la especialista recomienda:
- Realizar respiraciones lentas y suaves.
- Buscar un lugar donde la persona se sienta segura.
- Permanecer acompañado, si es posible.
- Conectar con el presente mediante la técnica de los cinco sentidos, identificando objetos, sonidos o sensaciones del entorno.
“También puede ser útil repetirse: ‘Esto es ansiedad, va a pasar’, ya que el ataque suele alcanzar un punto máximo y luego disminuir progresivamente”, explica la docente de ADIPA.
La importancia de pedir ayuda a tiempo
No tratar la ansiedad o los ataques de pánico recurrentes puede afectar progresivamente la calidad de vida. La psicóloga advierte que muchas personas comienzan evitando únicamente el lugar donde tuvieron una crisis y, con el tiempo, restringen cada vez más sus actividades, reduciendo su autonomía.
Finalmente, la especialista recalca que la prevención no consiste en eliminar la ansiedad por completo, ya que forma parte de la experiencia humana. Mantener hábitos de sueño, realizar actividad física, moderar el consumo de cafeína, fortalecer las redes de apoyo y buscar ayuda profesional cuando el malestar comienza a interferir con la vida cotidiana son algunas de las estrategias que contribuyen a disminuir el riesgo de desarrollar crisis más intensas.
“Uno de los mitos más frecuentes es creer que la meta es no sentir ansiedad nunca más. La salud mental no consiste en eliminar las emociones difíciles, sino en desarrollar herramientas para relacionarnos con ellas de una forma que no limite nuestra vida”, concluye María José Jeldres, psicóloga y docente de ADIPA.
Fuente: Comunícate 360