Por Julio Sánchez, periodista y socio de WE
Todos vimos a una conocida “influencer” conduciendo un vehículo de alta gama a más de 200 kilómetros por hora por una autopista chilena, mientras registraba el momento para sus seguidores. Todos vimos al hombre que, tras ignorar advertencias durante un temporal, debió ser rescatado en helicóptero desde un refugio en el Cajón del Maipo, en una maniobra que expuso a los equipos de emergencia y significó un millonario costo para el Estado. Todos vimos a una joven dándole wasabi a su perro para generar contenido, creyendo que era simpático. Todos hemos visto a un mismo personaje de internet convertir la vulgaridad, la violencia verbal o el escándalo en un espectáculo permanente. Todos hemos escuchado letras que romantizan la violencia, las drogas o la degradación de las mujeres. Y todos hemos visto las millones de visualizaciones, los miles de “me gusta”, los contratos publicitarios y, lo más penoso, los aplausos que generan.
Sí, es fácil indignarse y decir que el problema son ellos. Pero no. El problema somos nosotros.
Por años la esperanza del internet significó un camino de expectativa e ilusión. Más acceso a la información. Más acceso a la inmediatez. Más acceso al (verdadero) conocimiento. Y sí. Le dio voz a los que reclamaban que no la tenían, por la “censura” de los medios tradicionales. Levantó barreras para comunicar libremente (otra cosa es que a las audiencias le interesara esos discursos), y se transformó en una carretera abierta y sin peaje para todo tipo de público.
Para profesores, investigadores y divulgadores, fue una ventana para compartir conocimiento sin intermediarios. Para miles de emprendedores, una oportunidad de competir en igualdad de condiciones con empresas mucho más grandes. Porque internet prometía democratizar las oportunidades. Pero, en algún momento, comenzamos a confundir influencia con notoriedad, notoriedad con éxito y éxito con cualquier cosa capaz de captar nuestra atención.
Vaya paradoja. En la era de la información, cada vez estamos menos informados y mucho más ignorantes. Lo peor: nunca fue tan fácil acceder al conocimiento y, sin embargo, nunca fue tan sencillo vivir sin él. Cambiaron nuestros referentes, y vaya cuánto cambiaron. Durante décadas, los espacios de mayor influencia pública estuvieron ocupados por científicos, escritores, periodistas, profesores, artistas o líderes capaces de aportar ideas al debate. Hoy, con frecuencia, la conversación gira en torno a quienes convierten la imprudencia, el escándalo o la transgresión en contenido rentable. Grabarse consumiendo drogas, teniendo sexo, portando armas, o simplemente hablando cosas sin sentido, cruzando límites legales, significa el nuevo mérito de esta nueva era digital: captar atención, subirse al algoritmo.
¿En qué momento fuimos perdiendo el sentido común? ¿En qué momento subimos al podio a la gente incorrecta?
Lo digital cambió las reglas del juego. Sustituyó la antigua sanción social por modelos de rentabilidad; el prestigio por la fama. Convirtió la estupidez en un negocio, con la cuestionable complicidad de muchas marcas —incluso grandes marcas— que decidieron subirse a esta nueva era. O quizás a una anti-era.
Hacer el ridículo antes costaba prestigio, hoy es contratos, publicidad, ingresos. Son los nuevos líderes del presente.
Hoy un adolescente puede reconocer con mayor facilidad a un creador de contenido viral que a Gabriela Mistral o a Martin Luther King Jr. Aunque, en rigor, esa comparación no habla de ellos; habla de nosotros.
Sí, ya sé: dirán que soy alarmista, denso o que me falta sentido del humor. Pero no debería dejarnos indiferentes saber que este es el tipo de contenido que hoy consumen millones de jóvenes y adolescentes, incluidos nuestros propios hijos.
Porque antes, la ignorancia solía vivirse con pudor: quien no sabía, prefería callar, y en algunos casos, escuchar y aprender. Hoy, en cambio, muchos exhiben esa ignorancia con orgullo, porque descubrieron que puede transformarse en fama, audiencia y en un negocio.
No es casualidad que hoy existan jóvenes que sueñan con “viralizarse” antes que estudiar o desarrollar una profesión. Consecuencia de haber construido una cultura donde la visibilidad vale más que la credibilidad.
Bienvenidos todos a este nuevo mundo.
Bienvenidos a esta nueva (anti) era de los Influencer.
Fuente: We Comunicaciones