Un punto de vista con el que se miró durante mucho tiempo el avance tecnológico fue desde sus beneficios: mayor conectividad, acceso al conocimiento y nuevas capacidades que hoy se multiplican con la inteligencia artificial.
Sin embargo, los acontecimientos obligan hoy a formular una pregunta diferente: ¿estamos desarrollando, como sociedad, las capacidades necesarias para convivir responsablemente con tecnologías que avanzan mucho más rápido que nuestras formas de comprenderlas y regularlas?
Los recientes litigios contra Meta en Estados Unidos han vuelto a poner en discusión el impacto que determinadas características de las redes sociales pueden tener sobre niños y adolescentes. Ya no se cuestiona únicamente el contenido que circula por estas plataformas, sino también modelos tecnológicos diseñados para capturar nuestra atención, prolongar la permanencia y estimular constantemente el retorno.
Ahora se suma a la discusión las investigaciones sobre el uso de bots y estrategias de amplificación digital en campañas políticas, que muestran -por cierto- una vulnerabilidad diferente. Hoy es posible crear de manera artificialmente una conversación, multiplicar determinados mensajes y conseguir que información falsa o distorsionada adquiera relevancia simplemente porque miles de cuentas aparentan estar hablando de ella. El riesgo aumenta cuando los algoritmos interpretan esa actividad como interés social y terminan amplificándola entre usuarios reales.
Ambos fenómenos tienen algo en común. En un caso se interviene nuestra atención; en el otro, nuestra percepción de la realidad. La inteligencia artificial agrega ahora una tercera dimensión: la posibilidad de producir textos, fotografías, audios y videos convincentes, masivamente y a un costo accesible.
Así las cosas, estamos frente a un problema que dejó de ser exclusivamente tecnológico. Es también educativo, social, ético, familiar e institucional. Una democracia requiere ciudadanos que puedan discrepar sobre una realidad compartida.
Sociedad algorítmica
Cuando incluso los hechos pueden ser artificialmente construidos, lo que comienza a deteriorarse no es solamente la calidad de la información, sino la confianza en los medios, las autoridades, las instituciones y finalmente entre los propios ciudadanos.
La respuesta tampoco puede descansar exclusivamente en nuevas regulaciones o mejores algoritmos. Las familias tienen una responsabilidad insustituible en la formación digital de niños y adolescentes; el Estado debe generar condiciones de protección y transparencia; las empresas tecnológicas deben asumir las consecuencias sociales de sus modelos de negocio; y las universidades tenemos una responsabilidad especialmente relevante.
En una sociedad algorítmica, formar profesionales competentes ya no significa solamente enseñarles a utilizar tecnología. Necesitamos formar personas capaces de comprenderla, cuestionarla y utilizarla responsablemente. Esto resulta particularmente importante en ingeniería: junto con preguntarnos si somos capaces de desarrollar una determinada solución, debemos aprender a preguntarnos qué consecuencias tendrá, a quién beneficiará y qué riesgos puede generar.
No se trata de resistirse a la inteligencia artificial ni de mirar con temor el desarrollo tecnológico. Todo lo contrario. Se trata de comprender que cuanto mayor sea el poder de nuestras tecnologías, mayor deberá ser nuestra capacidad para gobernarlas.
Quizás, entonces, la pregunta más importante no sea qué podrá hacer la tecnología por nosotros durante los próximos años, sino qué tipo de sociedad queremos construir mientras aquello ocurre.
Porque el mayor riesgo de esta revolución tecnológica probablemente no sea que las máquinas aprendan a pensar como nosotros, sino que nosotros dejemos progresivamente de hacerlo.
Miguel Sanhueza Olave
Académico Departamento de Electricidad
Facultad de Ingeniería UTEM
Fuente: Vital Comunicaciones.