En una de las regiones más golpeadas por la escasez hídrica, agricultores
decidieron no rendirse ante la falta de agua y apostaron por la tecnología. Hoy, la
hidroponía no solo les permite ahorrar hasta un 90% de agua, sino también
producir más, diversificar cultivos y proyectar un modelo agrícola que convierte la
crisis climática en una oportunidad de transformación.
En la Región de Coquimbo, uno de los territorios más afectados por la variabilidad
climática y el déficit estructural de precipitaciones, se está consolidando un modelo
productivo agrícola de alta eficiencia hídrica: la hidroponía. Lejos de representar
únicamente una medida de mitigación, esta tecnología se ha transformado en una
estrategia de adaptación estructural frente a la sequía prolongada.
Durante décadas, la matriz agrícola regional dependió de sistemas tradicionales de cultivo
en suelo, altamente expuestos a la disponibilidad de agua superficial y subterránea. Sin
embargo, el actual escenario climático —caracterizado por disminución de caudales y
mayor frecuencia de eventos extremos— ha impulsado una reconversión tecnológica
orientada a optimizar el uso del recurso hídrico y aumentar la productividad por unidad de
superficie.
Según datos del Instituto de Investigaciones Agropecuarias de la región de Coquimbo,
los sistemas hidropónicos implementados en la región permiten cuadruplicar la producción
de unidades por metro cuadrado en comparación con sistemas convencionales.
Asimismo, la eficiencia en el uso del agua alcanza ahorros estimados entre un 70% y un
90%, gracias a sistemas cerrados de recirculación y dosificación controlada de soluciones
nutritivas
En este contexto, la sequía no solo ha sido un factor de presión, sino también un
catalizador de modernización tecnológica.
Reconversión productiva y cambio cultural
El tránsito no fue sencillo. Fue un cambio cultural profundo para hombres y mujeres
acostumbrados al riego por surco. “El cambio no fue una moda, fue una necesidad”,
sentencia María Olaya Leiva, de la cooperativa Agrodepa. Su voz refleja la dureza de la
transición: “Venimos de la agricultura tradicional, de trabajar con la pala. Pasar a la
hidroponía fue un desafío grande, incluso mental. Es otra forma de ver el cultivo, pero hoy
sabemos que no hay vuelta atrás”.
A este desafío se suma la voz de Helia González Piña, de la cooperativa Floricoop, quien,
tras 44 años dedicada a la floricultura, vio cómo el mercado y el clima la empujaban a
reinventarse. “La demanda de flores bajó tras la pandemia y la crisis hídrica solo iba en
aumento”, explica Helia. Para ella, la hidroponía con lechugas fue la respuesta lógica,
aunque el aprendizaje ha sido riguroso. “Lo más complejo ha sido la nivelación de los
tubos para asegurar el flujo de agua en el sistema NFT (Nutrient Film Technique); son
detalles técnicos que marcan la diferencia entre el éxito y el fracaso”. Hoy, su proyección
es ambiciosa: cubrir toda su parcela con hidroponía, integrando incluso el cultivo de
hortalizas hidropónicas sobre sustrato.
La ventaja no es solo hídrica. Al eliminar el suelo, desaparecieron gran parte de las
plagas, permitiendo hortalizas más inocuas y una mayor rotación de cultivos. María, Helia
y sus socios hoy producen más con menos, manteniendo la actividad agrícola cuando
otros rubros han tenido que replegarse.
Un oasis en el desierto de Tongoy
Si en los valles la situación es crítica, en la costa de Tongoy el escenario es inhóspito. Allí,
sin conexión a la red eléctrica y con agua de alta mineralización, Sara Lucía Díaz y Yerko
Rojas decidieron desafiar la lógica.
Así nació “Hidrotongoy”. Lejos de rendirse ante la falta de luz, levantaron su proyecto a
pulso. “Yo empecé a aprender solo, mirando videos en YouTube”, confiesa Yerko con la
humildad de quien se ha hecho a sí mismo. “Perdimos plantas, cometimos errores, pero
aprendimos qué funciona”. Hoy, en medio de la aridez costera, brotan berros, ciboulette,
mizuna y albahaca. La pareja ya no solo vende a vecinos, sino que abastece a
restaurantes y proyecta cultivar tomates cherry y frutillas. Es la prueba viva de que la
tecnología, bien aplicada, no conoce de suelos imposibles.
El futuro: Nuevos sabores y sellos de calidad
La expansión de la hidroponía en Coquimbo está lejos de tocar techo. La industria local se
prepara para una segunda fase de sofisticación, apoyada por programas como el PTI
Hortícola de Corfo, ejecutado por Gedes.
Pedro Hernández, gestor del PTI, adelanta la hoja de ruta para este año, que busca sacar
al sector de su zona de confort. El objetivo es claro: diversificar. “Trabajaremos en
desarrollar nuevas hortalizas de hoja hidropónica, como por ejemplo perejil y cilantro
adaptando las soluciones nutritivas”, explica Hernández.
En tanto, para el director Regional de Corfo, Andrés Zurita, la implementación del PTI
Hortícola ha logrado desarrollar una serie de acciones para que los agricultores no solo
incorporen tecnología que permite una producción de calidad, inocua y con valor
agregado, sino una articulación público-privado que fortalece la competitividad del sector
en nuevos mercados.
Pero la innovación va más allá del cultivo fresco. El programa impulsará la economía
circular, transformando aquellas hortalizas “feas” o pequeñas en productos deshidratados
de alto valor gourmet y sustentable. Además, se implementará un sello y certificación
hidropónica, una herramienta clave para educar a un consumidor que, si bien valora la
frescura y duración del producto, aún necesita garantías para pagar ese diferencial de
precio en el mercado.
Coquimbo demuestra así que cuando el clima cierra una puerta, la innovación abre una
ventana. Es una agricultura que ya no depende de que llueva, sino del ingenio de quienes
decidieron sembrar futuro en el agua.
Fuente: Corfo.