Por: Magdalena Barros, Gerente de Personas de Dimacofi
En las últimas semanas líderes de la industria tecnológica, académicos y organismos internacionales han debatido si es factible frenar y regular la Inteligencia Artificial y si es posible imponer un control global antes de que su desarrollo avance más rápido que nuestra capacidad de supervisarlo. Es una conversación legítima y necesaria, pero mientras discutimos si la IA se puede frenar, en el mercado laboral la transformación ya está ocurriendo y no de la forma catastrófica que muchos titulares de la prensa anticipan.
Todos hemos leído que la IA va a dejar a media humanidad sin trabajo y también que no va a pasar nada. La evidencia disponible apunta a un escenario más simple y menos dramático, y es que no estamos frente a una destrucción masiva del empleo, sino a una reorganización de quién hace qué.
El Foro Económico Mundial calcula que para 2030 se crearán 170 millones de empleos nuevos en el mundo y desaparecerán 92 millones, dejando un saldo positivo de 78 millones. Por otra parte, Goldman Sachs estima que un 9% de los trabajadores en Estados Unidos podría desplazarse durante la próxima década, ya que algunas de las tareas que hoy realizan podrían dejar de necesitarse tal como existen, obligándolos a asumir otro rol, cambiar de empresa o incluso de rubro. Gartner, en tanto, calcula que a partir de 2028 la IA comenzará a generar más empleos de los que elimina.
Más que una ola generalizada de despidos, lo que estas proyecciones describen es una reorganización de tareas, donde lo rutinario se automatiza, mientras aquello que requiere criterio, creatividad o trato humano adquiere mayor valor.
En Chile, este fenómeno tiene características propias. El Banco Central advirtió en su último Informe de Política Monetaria que la fuerza laboral chilena es una de las más expuestas al riesgo de automatización entre los países de la OCDE y esa exposición no es pareja, ya que alcanza un 80% en agricultura, 71% en transporte y 70% en manufactura y comercio. También disminuye significativamente según el nivel educacional, que llega al 65% entre quienes solo tienen educación escolar, versus 38% entre quienes cuentan con educación superior. La brecha confirma algo que ya intuíamos y es que una de las principales protecciones frente a la automatización sigue siendo la capacitación.
De hecho, un grupo de diputados presentó un proyecto para impulsar un plan masivo de capacitación en IA a través de Sence, en momentos en que el desempleo llega a 9,5%. Es una señal de que esta discusión dejó de pertenecer exclusivamente al mundo académico y tecnológico y comienza a instalarse en la agenda pública.
Hay un aspecto en el que distintos análisis coinciden y es que se observa una caída en las contrataciones junior, particularmente en desarrollo de software y atención al cliente, precisamente funciones que tradicionalmente servían como primer escalón para ingresar al mundo laboral.
Algo similar ocurre con los mandos medios. Labores como el seguimiento de proyectos o los reportes, que antes ocupaban buena parte del tiempo de un jefe de equipo, hoy pueden ser resueltas por un panel de control o un asistente de IA en segundos. Esto no implica necesariamente que esos puestos desaparezcan, pero sí que tanto la forma de ingresar a un trabajo como la de liderar equipos están evolucionando con rapidez.
Al mismo tiempo, comienzan a aparecer nuevos perfiles que hasta hace poco ni siquiera formaban parte de nuestro vocabulario laboral. Hoy ya existen vacantes en nuestro país para arquitectos de IA, especialistas en IA Ops, entrenadores de modelos y profesionales dedicados a la recopilación y etiquetado de datos.
A ellos se suman ingenieros y consultores de IA agéntica, encargados de diseñar y desplegar agentes capaces no solo de responder preguntas, sino también de ejecutar procesos completos, desde gestionar un flujo o hacer una reserva hasta escribir y revisar código. Se trata de una categoría todavía incipiente en Chile y Latinoamérica, concentrada principalmente en algunas consultoras tecnológicas, pero que permite anticipar hacia dónde podría avanzar el mercado durante los próximos años.
Sin embargo, la tecnología por sí sola no mejora una organización. Un estudio de Gallup mostró que el compromiso de los equipos que utilizan IA regularmente aumenta de 30% a 53% cuando existe además un jefe que acompaña el proceso y una estrategia clara de uso.
En Chile la distancia entre tener la tecnología y saber incorporarla es todavía más evidente, pues solo un 3,6% de las empresas logra escalar sus proyectos de IA de manera transversal y con retorno medible, pese a que un 83% ya la utiliza en algún proceso. El verdadero cuello de botella, entonces, no parece estar en acceder a la herramienta, sino en la gestión del cambio y la gobernanza de los datos.
Quizás esa sea la principal conclusión. No hace falta entrar en pánico ni cambiar de carrera de la noche a la mañana, pero tampoco podemos actuar como si nada estuviera ocurriendo. Mantenerse actualizado, aprovechar los espacios de capacitación y desarrollar nuevas habilidades será cada vez más importante. Y para quienes lideran personas, el desafío será aún mayor, la de acompañar a sus equipos en esta transición, en lugar de simplemente instalar una nueva tecnología y esperar que, por sí sola, transforme la manera de trabajar.
Fuente: 360 Comunicaciones