Proyecto Colaborativo de Vinculación con el Medio de la Universidad San Sebastián reúne a estudiantes y académicos de distintas carreras con personas que viven con dolor crónico no oncológico en la Región de Los Ríos. A través de ejercicio terapéutico, educación y acompañamiento interdisciplinario, la iniciativa busca fortalecer su autonomía, funcionalidad y calidad de vida.
Peinarse, ducharse, cocinar, trabajar o participar de una reunión familiar pueden convertirse en grandes desafíos para quienes viven durante años con dolor crónico. Esa realidad está en el origen de Nanai, Programa interdisciplinario para promover la calidad de vida en personas con dolor crónico no oncológico, Proyecto Colaborativo de Vinculación con el Medio (VcM) de la Universidad San Sebastián.
La iniciativa es liderada por Rommy Bartholomaus, académica de Kinesiología, y fue construida a partir del trabajo con la Agrupación de Personas con Fibromialgia de Valdivia y el equipo de Medicina Física y Rehabilitación del Hospital Base Valdivia. Un diagnóstico realizado junto a integrantes de la agrupación mostró que más del 90% reportaba dolor generalizado, cerca del 77% alteraciones del sueño y más del 60% dificultades para realizar actividades de la vida diaria.
Bartholomaus explica que esas cifras reflejan una experiencia que atraviesa distintos ámbitos de la vida. “Muchas personas llevan años viviendo con dolor, con consecuencias que van mucho más allá del síntoma físico. La limitada oferta regional de programas interdisciplinarios y no farmacológicos hizo evidente la necesidad de generar un acompañamiento más continuo”, explica.
Recuperar confianza en el cuerpo
Nanai contempla evaluaciones clínicas y funcionales, ejercicio terapéutico, apoyo psicoeducativo, educación alimentaria, orientación sobre el uso seguro de medicamentos, abordaje del dolor orofacial y apoyo para iniciativas de emprendimiento. En estas acciones participan estudiantes de Kinesiología, Psicología, Nutrición y Dietética, Química y Farmacia, Odontología e Ingeniería Comercial, acompañados por sus académicos.
Para Bartholomaus, el aporte de esta mirada está en comprender cómo el dolor modifica la funcionalidad, las emociones, los hábitos y la participación social. “Lo importante es que la persona vaya adquiriendo herramientas que pueda utilizar en su vida diaria”, sostiene. Entre ellas menciona aprender a regular el ejercicio, manejar reagudizaciones y recuperar progresivamente actividades abandonadas por dolor o por temor a que este aumente.
Esa experiencia ya es reconocida por Constanza Nicol Velásquez, usuaria del proyecto, quien fue diagnosticada con fibromialgia hace diez años. Recuerda que actividades sencillas comenzaron a requerir un esfuerzo enorme y que, con el tiempo, también aparecieron el insomnio, la fatiga, el aislamiento y la sensación de incomprensión.
Su participación en Nanai le ha permitido relacionarse de otra manera con el movimiento y el autocuidado. “Estos meses en sesiones de kinesiología nos han aportado herramientas de por vida”, afirma. Destaca especialmente haber encontrado un espacio seguro, donde cada participante puede avanzar a su propio ritmo, además de incorporar ejercicios, respiración y estrategias para mantenerse activa. “Hay un significativo cambio en cómo percibo el dolor y en la cabida que le doy en mi vida”, agrega.
Aprender con una realidad que no cabe en la sala de clases
El proyecto también transforma el proceso formativo de los estudiantes, quienes participan en evaluaciones, intervenciones y espacios de reflexión vinculados directamente con las necesidades de las personas usuarias.
Katherynne Kühl llegó a Nanai a través de una asignatura de Kinesiología y participó inicialmente en las evaluaciones. La experiencia despertó su interés por seguir asistiendo de manera voluntaria. “Me costaba visualizar cómo el ejercicio podría ayudar a personas a las cuales les duele mucho moverse”, recuerda. El vínculo que formó con los usuarios y la posibilidad de observar su evolución terminaron por motivarla a continuar.
El contacto directo también le permitió comprender cuánto puede variar la experiencia del dolor entre personas con un mismo diagnóstico. “Cada una de ellas es distinta, hay algunas con las que se puede bromear más, otras que necesitan ser más escuchadas y otras que las motiven o desafíen a hacer más; sin duda, cada una es un mundo”, cuenta Kühl. Esa diversidad también se hacía evidente durante las evaluaciones, donde factores como el descanso, la alimentación o una jornada laboral exigente podían influir en cómo enfrentaban las distintas pruebas.
Ese aprendizaje es parte de lo que el proyecto busca instalar en la formación profesional. Bartholomaus espera que los estudiantes comprendan que una intervención efectiva requiere escuchar las prioridades y el contexto de cada usuario, además de reconocer el aporte de otras disciplinas. “Muchas veces el cambio más significativo puede ser que una persona retome una actividad familiar, se sienta más segura para moverse o recupere participación en ámbitos que había abandonado”, explica.
Para Constanza, contar en Valdivia con una iniciativa de estas características responde a una necesidad largamente sentida por quienes viven con dolor crónico. “Espero que este proyecto sea el pionero de muchos más de esta índole y que venga a cambiar en nuestra Región la manera de vivir el dolor”.
Fuente: USS.