En medio de un nuevo episodio crítico de contaminación en la Región Metropolitana, el investigador del Centro de Nanociencia y Nanotecnología, CEDENNA, Dr. Juan Escrig Murúa, llamó a mirar la calidad del aire no solo como una emergencia ambiental puntual, sino como un problema sanitario, científico y generacional.
Este jueves 25 de junio, Santiago enfrenta una nueva Alerta Ambiental debido a la alta acumulación de contaminantes y las malas condiciones de ventilación en la cuenca. Para el académico, estos episodios suelen instalarse durante algunas horas en la agenda pública, pero luego desaparecen desplazados por otras urgencias, pese a que millones de personas respiran diariamente sus efectos.
“La contaminación atmosférica es una de las pocas amenazas sanitarias graves que hemos aprendido a normalizar. Mientras Santiago vuelve a figurar entre las ciudades con peor calidad del aire, la pregunta ya no es solo cómo reducir las emisiones, sino qué aire estamos dejando a las próximas generaciones”, plantea Escrig.
Profesor Titular del Departamento de Física de la Universidad de Santiago e investigador de CEDENNA, Escrig sostiene que el problema no debe abordarse únicamente desde las restricciones vehiculares o el uso de calefactores, sino también desde una mirada más profunda sobre salud pública, desarrollo científico y responsabilidad colectiva.
“Si mañana se detectara una sustancia cancerígena en el agua potable de Santiago, la noticia abriría los noticieros y las familias buscarían alternativas para protegerse. Pero cuando esa amenaza viaja suspendida en el aire, la conversación suele durar apenas un par de días”, señala.
Uno de los aspectos más complejos de la contaminación atmosférica, explica el investigador, es su carácter invisible. A diferencia de otros desastres ambientales, no siempre se percibe de manera directa, pero sus efectos pueden acumularse lentamente en el organismo.
“El problema es que muchas de las partículas más dañinas son invisibles a nuestros ojos. Las partículas PM2,5 que monitoreamos durante los episodios críticos son alrededor de cuarenta veces más pequeñas que el diámetro de un cabello humano. Muchas partículas incluso alcanzan dimensiones nanométricas, por lo que pueden atravesar defensas naturales del organismo, llegar a los pulmones e incluso ingresar al torrente sanguíneo”, explica.
Desde esa perspectiva, la contaminación atmosférica es también un problema de escala. Comprender cómo se desplazan estas partículas, cómo interactúan con el cuerpo humano y cómo reducir su impacto exige investigación científica, desarrollo tecnológico y capacidades especializadas.
El académico destaca que algunas respuestas pueden surgir precisamente desde la nanoescala, donde ocurre parte importante del problema. La nanotecnología permite avanzar en sensores más precisos para monitorear contaminantes, materiales avanzados capaces de capturar partículas nocivas y nuevas tecnologías energéticas que podrían contribuir a reducir emisiones.
“Detrás de cada sensor, de cada nuevo material y de cada avance tecnológico existen años de investigación, universidades que forman capital humano avanzado e investigadores e investigadoras dedicados a comprender fenómenos cuya utilidad práctica no siempre era evidente en el momento”, sostiene Escrig.
En Chile, CEDENNA trabaja en el desarrollo de materiales avanzados y soluciones científicas orientadas a desafíos asociados a salud, energía y medioambiente. Para el investigador, el avance en calidad del aire no depende solo de medidas de corto plazo, sino de conocimiento transformado en política pública, innovación tecnológica y decisiones colectivas sostenidas.
“La calidad del aire sigue lejos de ser la que quisiéramos, pero es mejor que la que conocimos quienes crecimos en Santiago durante los años ochenta y noventa. Ese progreso no es fruto de la casualidad. Es el resultado de conocimiento, políticas públicas e innovación tecnológica sostenidas durante décadas”, afirma.
Para Escrig, el desafío actual es mantener esa convicción frente a una amenaza que, por no ser siempre visible, muchas veces se subestima. “Una sociedad no se mide solamente por la riqueza que acumula ni por las obras que construye. También se mide por su capacidad para reconocer aquellos riesgos que no siempre son visibles y actuar antes de que sus consecuencias se vuelvan inevitables. La herencia más importante que dejamos a nuestros hijos no es únicamente la ciudad que construimos, sino también el aire que les permitimos respirar”, concluye.
Fuente: Usach