En gestión, una meta necesita un indicador, un plazo y una forma de comprobar su cumplimiento. La política agrega un recurso que rara vez aparece en los libros de management: mejorar la explicación cuando el resultado se vuelve incómodo. La discusión sobre los USD 6.000 millones de recorte fiscal prometidos por el actual gobierno ofrece un buen ejemplo de comunicación estratégica y, en particular, del temple de acero de algunos políticos.
El 30 de septiembre, en CHV Noticias, Daniel Matamala preguntó al biministro del Interior y de la Secretaría General de Gobierno, Claudio Alvarado, si se cumpliría ese compromiso para los primeros 18 meses de administración. La pregunta fue directa: «¿La promesa de los USD 6.000 millones se cumple o no se cumple?». El ministro respondió destacando la disciplina fiscal y dejó una frase reveladora: «Si eso hace que los recortes sean menores y vamos cuadrando las cuentas, bienvenido sea».
Alvarado habló dos veces de recortes por más de 2.000 millones de PESOS. Matamala le había preguntado por DÓLARES. Puede haber sido un lapsus; a cualquiera le ocurre. Pero comparar peras con manzanas, al menos, merecía una aclaración, especialmente cuando el asunto era, precisamente, cuadrar cuentas.
El periodista insistió: la promesa era recortar USD6.000 millones en los primeros 18 meses. «¿Eso ya no corre?», preguntó. Alvarado volvió a mencionar los recortes de este año y añadió los mayores ingresos por exportaciones de cobre. Ciertamente, una mayor recaudación puede mejorar el balance fiscal, pero no equivale a reducir el gasto. Si el cobre ayuda, excelente; quizás merezca una vocería propia para aclarar qué parte del mérito le corresponde.
Acomodar el pasado
Lo que sí está claro es que, a casi siete meses de gestión, el proyecto de Presupuesto 2027 contempla un aumento del gasto de 1,5% respecto de la ejecución proyectada de 2026. Queda tiempo para cumplir la promesa, pero también hay una explicación pendiente. La proyección de un PIB creciendo al 3% no permite saber cuánto se ha recortado. Para eso hacen falta montos verificables y una base de comparación clara. Sin esa claridad, el compromiso podría sonar a demagogia.
En su novela 1984, George Orwell imaginó un Ministerio de la Verdad encargado de modificar los registros para acomodar el pasado a las necesidades del poder. En un episodio, una reducción de la ración de chocolate acaba siendo celebrada como un aumento. Es difícil no recordar esa escena cuando una promesa concreta empieza a evaluarse con un criterio distinto. Es que digamos las cosas como son: 2.000 millones de pesos suenan como una cifra grandilocuente en televisión para cualquier mortal. Pero Alvarado dijo pesos, dos veces, mientras Matamala preguntaba por dólares. La «disciplina fiscal» merecía un elogio, según el ministro.
Desde la academia nos corresponde exigir esa precisión. El gobierno tiene la oportunidad de explicar cuánto ha recortado y, en el caso de haber cambiado el compromiso, decirlo con claridad. Una buena vocería ayuda a entender las cuentas.
Al final, cuando se necesita cambiar el significado de la promesa para defenderlas, Orwell empieza a parecer menos un novelista y más un asesor de comunicación estratégica.
Patricio Torres Luque Ph.D.
Académico investigador
Departamento de Gestión Organizacional UTEM
Fuente: Vital Comunicaciones