Con el escenario de postulaciones ya decantado y las primeras decisiones tomadas —o
postergadas—, muchas familias y estudiantes siguen procesando lo que dejó el proceso de
admisión a la educación superior. Pasada la vorágine inicial, aparecen nuevas preguntas,
balances más sinceros y, en algunos casos, la inquietud de si se eligió bien o si aún queda
margen para corregir el rumbo.
Este período concentra una alta carga emocional y, justamente por eso, es terreno fértil
para decisiones impulsivas. Cuando el plan original no resulta, surge la urgencia por
“asegurar algo”: matricularse sin convicción, improvisar una ruta o asumir que no hay
alternativas. Sin embargo, una trayectoria educativa sólida rara vez se construye en un solo
movimiento; más bien, se ordena por etapas, con estrategia y perspectiva.
Incluso cuando los resultados fueron favorables, el proceso no debería darse por cerrado
demasiado rápido. Elegir con calma, revisar mallas, modalidades de estudio y
compatibilidad con la vida personal es parte de una decisión responsable. Un buen
resultado no reemplaza la planificación; al contrario, permite proyectar con mayor claridad y
reducir el estrés que suele aparecer durante el primer año.
Cuando los resultados no acompañaron, el impacto emocional puede ser mayor.
Frustración, vergüenza o sensación de fracaso personal se instalan rápido en un sistema
que tiende a medir el éxito solo en puntajes. Pero un resultado adverso no define a una
persona ni su futuro. Comprender el punto de partida y construir una estrategia posible
ayuda a bajar la ansiedad y recuperar la sensación de control.
Avanzar con estrategia no significa endurecerse ni exigirse sin límite. Significa sostener el
rumbo con apoyo, información y contención, entendiendo que el camino educativo no es
lineal y que siempre es posible reordenarlo con perspectiva.
Fuente: Impronta.