Dr. Cristian Echeverría Leal
Director
Proyecto Campus Naturaleza UdeC
Cada verano, las cicatrices del fuego se extienden por los valles, cerros y quebradas del centro-sur de Chile. No son solo hectáreas quemadas. Son comunidades afectadas, biodiversidad perdida, vidas humanas truncadas y una memoria colectiva marcada por la desprotección. Como país, no podemos seguir observando cómo se repite esta historia sin preguntarnos qué decisiones están alimentando el fuego.
La evidencia científica es clara: el riesgo de incendios no depende solo del clima. La estructura del paisaje —su configuración espacial, su diversidad de coberturas y usos del suelo— influye directamente en la propagación, intensidad y severidad de los incendios. En lugar de paisajes diversos, donde coexisten bosque nativo, agricultura familiar, humedales y áreas restauradas, lo que predomina hoy son matrices homogéneas dominadas por monocultivos forestales y matorrales inflamables. Este modelo ha transformado el territorio en un lienzo seco y continuo, propicio para incendios cada vez más difíciles de contener.
Desde la ecología del paisaje, sabemos que la heterogeneidad funciona como una barrera natural: reduce la continuidad del combustible, ralentiza la propagación del fuego y mitiga su severidad. No basta con conservar pequeños fragmentos de vegetación nativa. Es urgente repensar cómo diseñamos y gestionamos nuestros territorios, reconociendo que el fuego no respeta límites prediales ni comunales. La restauración ecológica, la protección del bosque nativo y una planificación territorial basada en evidencia deben ser parte del corazón de la solución.
En este contexto, el proyecto de ley de prevención de incendios forestales y rurales ingresado en 2023 representa un avance. Reconoce que la prevención debe integrarse en la planificación urbana y rural, especialmente en las llamadas zonas de interfaz urbano-rural-forestal, donde se concentra la población expuesta. El proyecto incorpora herramientas de ordenamiento territorial, fiscalización, manejo preventivo y sanciones claras para quienes incumplan. También promueve sistemas productivos sostenibles como la agroforestería y considera principios claves como la corresponsabilidad, la evidencia científica y el enfoque territorial.
Pero ninguna ley será suficiente si no cambiamos la lógica de fondo: necesitamos dejar de pensar el paisaje como una sumatoria de parcelas aisladas y comenzar a gestionarlo como un sistema interdependiente. Esto requiere voluntad política, coordinación intersectorial y capacidades técnicas a nivel local y regional. Y sobre todo, requiere escuchar a las comunidades que viven en zonas de riesgo y que muchas veces han sido excluidas de las decisiones que afectan su entorno.
Las cicatrices del fuego son visibles. Lo que aún está pendiente es trazar un nuevo mapa de país donde la restauración ecológica, la equidad territorial y el bienestar humano no sean excepciones, sino el estándar. Porque evitar el próximo megaincendio no es solo un desafío ambiental. Es una cuestión de justicia social y de futuro compartido.
Fuente: Universidad de Concepción