Por Vanja Isamat, Subgerente SSOMAC de Ecológica
En el Día Internacional sin Bolsas Plásticas, Chile tiene razones para mirar con orgullo el camino recorrido desde la promulgación de la Ley 21.100, conocida popularmente como “Chao Bolsas Plásticas”. La normativa se convirtió en una de las políticas ambientales más exitosas del país, impulsando un cambio cultural profundo y evitando la circulación de más de 11.500 millones de bolsas plásticas de comercio que antes terminaban en rellenos sanitarios, vertederos, ríos y océanos.
Lo que parecía impensado hace una década hoy es parte de nuestra rutina: salir de casa con una bolsa reutilizable o asumir que ya no recibiremos una bolsa plástica en la caja del supermercado. La ley demostró que cuando existen reglas claras, voluntad política y compromiso ciudadano, es posible modificar hábitos de consumo a gran escala.
Sin embargo, esta conmemoración también invita a una conversación más incómoda. Porque si bien Chile ganó la batalla contra las bolsas plásticas tradicionales, corremos el riesgo de estar perdiendo otra más silenciosa: la batalla contra el greenwashing.
La prohibición eliminó un producto altamente contaminante, pero dejó una pregunta abierta sobre sus reemplazos. Durante los últimos años han proliferado en el mercado bolsas etiquetadas como “ecológicas”, “verdes”, “reutilizables”, “biodegradables” o “compostables”, conceptos que muchas veces resultan difíciles de verificar para los consumidores y que no siempre cuentan con estándares claros o información suficiente para respaldar sus beneficios ambientales reales.
El problema es que la sustentabilidad no depende de una palabra impresa en un envase. Depende del ciclo de vida completo del producto: cómo se fabrica, cuántas veces se utiliza, si puede reciclarse, si existe infraestructura para gestionarlo al final de su vida útil y cuál es su impacto ambiental total. Sin esa mirada integral, una solución aparentemente sustentable puede terminar generando un impacto similar o incluso mayor al que pretendía reemplazar.
La discusión de fondo ya no es solamente sobre plástico. Es sobre credibilidad. Hoy los consumidores enfrentan un mercado donde abundan los mensajes ambientales, pero escasea la información verificable. Muchas personas compran productos convencidas de estar tomando decisiones responsables para el planeta, cuando en realidad carecen de herramientas para distinguir entre una innovación genuina y una estrategia de marketing verde.
Diversos especialistas y organizaciones ambientales han coincidido en que uno de los desafíos pendientes tras la implementación de la Ley 21.100 es avanzar hacia una regulación más robusta de los sustitutos y fortalecer los mecanismos de fiscalización. La experiencia demuestra que prohibir un producto es un primer paso importante, pero no suficiente para impulsar una economía verdaderamente circular.
La situación también revela una brecha que trasciende el caso de las bolsas. Chile ha avanzado significativamente en políticas ambientales, reciclaje y responsabilidad extendida del productor, pero aún necesita fortalecer la coordinación entre las distintas normativas para evitar que los vacíos regulatorios permitan la proliferación de soluciones que prometen sustentabilidad sin demostrarla.
Por eso, el desafío de la próxima etapa no debería centrarse únicamente en prohibir más productos. Debe enfocarse en elevar los estándares de transparencia, trazabilidad e información para consumidores y empresas. Necesitamos definiciones claras, criterios técnicos verificables, fiscalización efectiva y educación ambiental que permita tomar decisiones informadas.
La gran lección que deja “Chao Bolsas Plásticas” es que los cambios son posibles. Chile fue pionero en la región al enfrentar un problema visible y logró movilizar a millones de personas en torno a una causa común. Pero los desafíos ambientales actuales son más complejos que hace ocho años. Hoy no basta con identificar aquello que contamina; también debemos ser capaces de identificar aquello que aparenta ser sustentable sin serlo.
Chile demostró que puede cambiar hábitos cuando existe una regulación clara. El desafío ahora no es eliminar otra bolsa más. Es impedir que la sustentabilidad se transforme en una etiqueta vacía. Porque una economía circular basada en marketing es tan desechable como el producto que pretende reemplazar.
Fuente: Corpo