El académico de la Universidad de La Serena, Dr. Cristian Araya-Jaime advierte que una limpieza masiva podría afectar la recuperación del ecosistema y plantea evaluar cada sector antes de intervenir.
Tras las intensas lluvias que afectaron a la Región de Coquimbo, el aumento del caudal del río Elqui arrastró hasta su desembocadura una gran cantidad de troncos, ramas, piedras, sedimentos y residuos, modificando considerablemente el paisaje costero de La Serena.
Esta es una imagen que rápidamente abrió el debate sobre la necesidad de limpiar las playas y retirar los materiales depositados por la crecida.
Sin embargo, no todo lo que dejó el río necesariamente debería ser considerado basura, ya que mientras plásticos, vidrios, chatarra y otros residuos de origen humano representan un riesgo para el ecosistema, elementos naturales como madera, rocas y sedimentos pueden cumplir distintas funciones ecológicas y servir de refugio para organismos afectados por la crecida.
Por ello, especialistas llaman a diferenciar qué se retira de las playas y qué conviene mantener mientras el ecosistema comienza a recuperarse.
Con respecto a esto, el académico de la Facultad de Ciencias de la Universidad de La Serena, Cristian Araya-Jaime, recalcó que “los materiales naturales depositados por una crecida pueden cumplir funciones ecológicas, pero su manejo no debe regirse por una regla única ni por criterios exclusivamente estéticos. La decisión de conservar, reubicar o retirar cada elemento debe considerar su ubicación, estabilidad, nivel de contaminación, riesgo para las personas e infraestructura y sensibilidad ambiental del sector”.
Sobre la función que podrían cumplir los troncos, ramas, rocas y sedimentos acumulados tras un aluvión, el Magíster en Ciencias Biológicas, mención Ecología de Zonas Áridas, explicó que “en el cauce, la ribera inundable y la zona estuarina, los troncos, ramas y rocas que permanecen estables pueden aumentar la complejidad física del hábitat, por lo que al generar zonas de menor velocidad de corriente, sombra y cobertura, pueden constituir refugios temporales para peces juveniles, invertebrados y otros organismos que fueron desplazados durante la crecida”.
“La madera, además, puede retener materia orgánica y favorecer invertebrados que forman parte de la red trófica”, agregó.
Sumado a esto, PhD. en Genética hizo hincapié en que “esta función depende del contexto, ya que no todo material acumulado es beneficioso ni todo debe conservarse, por ejemplo, un tronco inestable, un acopio que obstruya la desembocadura o un elemento contaminado puede representar un riesgo”.
El académico también advirtió que “una limpieza inmediata, masiva e indiscriminada —especialmente con maquinaria pesada— puede remover refugios, compactar el sustrato, perturbar fauna y eliminar materia orgánica que sustenta invertebrados costeros”.
“El efecto puede ser mayor en sectores ambientalmente sensibles, como humedales, áreas de nidificación o zonas de alimentación de aves. Por esta razón, la limpieza debiera ser selectiva, sectorizada y coordinada con la autoridad competente”, alertó.
Pese a esto, el investigador detalló que “en la franja de playa, la madera y los restos vegetales naturales tienen un rol más directo como hábitat y alimento para invertebrados costeros y, de manera indirecta, para aves”.
Según el Dr. Araya, “se deben retirar prioritariamente los residuos de origen humano y aquellos que constituyen un riesgo, como plásticos, redes y cuerdas, vidrios, metales cortantes, electrodomésticos, baterías, combustibles, sustancias químicas, residuos domiciliarios y escombros contaminados. Estos materiales pueden provocar ingestión, enredo, lesiones, contaminación y riesgos sanitarios para fauna y personas”.
En línea con esto, el investigador sostuvo que “en forma temporal, y previa evaluación en terreno, puede ser recomendable mantener madera natural no contaminada, restos vegetales, rocas y sedimentos que no obstruyan el cauce o la desembocadura, no sean inestables y no generen riesgos para la población o la infraestructura”.
“No recomendaría establecer una indicación general de conservar todos los troncos hasta el término del invierno: cada acumulación debe ser evaluada según su función ecológica y su nivel de peligro. Las actividades ciudadanas de limpieza debieran coordinarse con los municipios y la Autoridad Marítima; la fauna herida o muerta no debe ser manipulada por personas no autorizadas”, insistió.
Mortalidad, arrastre y pérdida de hábitat
En cuanto a las consecuencias que podría tener para las poblaciones de peces del río Elqui una crecida extraordinaria como a la que se vivió hace poco, el doctor Cristian Araya señaló que esto “puede producir mortalidad directa, particularmente en huevos, larvas y juveniles; arrastre de individuos hacia aguas abajo; pérdida o modificación de refugios, zonas de alimentación y reproducción; y aumentos de turbidez y sedimentación”.
“En consecuencia, puede disminuir temporalmente la abundancia local y alterar la estructura de tamaños y edades de las poblaciones”, puntualizó.
Sin embargo, el investigador enfatizó que “la magnitud de la recuperación dependerá de la mortalidad efectiva, la existencia de refugios aguas arriba, la conectividad del sistema, la calidad del agua y la capacidad de recolonización de cada especie. Por ello, resulta recomendable implementar un monitoreo post-evento de peces, hábitat y calidad de agua en el río y su desembocadura”.
Fuente: USerena.