Las intensas lluvias y ráfagas de viento que han afectado al país han vuelto a dejar calles inundadas, interrupciones de servicios y el peligro inminente de árboles caídos. Frente a estas imágenes, es fácil atribuir todos los daños exclusivamente a la magnitud del sistema frontal. Sin embargo, estos episodios también dejan al descubierto una realidad más profunda: nuestras ciudades no están suficientemente preparadas para enfrentar fenómenos climáticos cada vez más intensos.
Las áreas verdes urbanas han sido tratadas principalmente como elementos ornamentales o espacios residuales, en lugar de planificarse como sistemas vivos capaces de regular el agua, reducir temperaturas y fortalecer la resiliencia de los barrios. Cuando una gran parte de la superficie urbana es impermeable, el agua no puede infiltrarse de manera natural y escurre hacia calles que muchas veces no tienen capacidad para recibirla. En este escenario, las áreas verdes deben ser entendidas como infraestructura verde estratégica y uno de nuestros principales aliados para amortiguar estos fenómenos.
Pero no basta con sumar árboles: se requiere diseñar áreas verdes con especies adecuadas, suelos capaces de infiltrar agua, espacio suficiente para el desarrollo de las raíces y una mantención permanente. Sin embargo, esta capacidad de adaptación está distribuida de manera profundamente desigual. Según el Centro de Políticas Públicas UC, apenas el 5,7% de la población del Gran Santiago accede al estándar de 10 metros cuadrados de áreas verdes por habitante. A nivel nacional, solo 18 de las 117 comunas estudiadas alcanzan ese estándar. Estas cifras nos recuerdan que las áreas verdes son una condición esencial para construir barrios más seguros, saludables y resilientes.
En esa misma línea, un reciente estudio de Corporación Ciudades, en el marco de Barrios por el Clima, alianza de la que Fundación Reforestemos forma parte junto a diversas organizaciones, estimó que el 71% de los habitantes del Gran Santiago vive en comunas con mayor susceptibilidad territorial a inundaciones. Contar con este tipo de información permite orientar las inversiones hacia los sectores más expuestos y comprender que la adaptación climática debe abordarse con planificación del paisaje urbano y colaboración.
El riesgo de la caída de árboles, por otra parte, no puede llevarnos a concluir que necesitamos menos árboles, sino que necesitamos árboles mejor planificados y mantenidos. Los árboles urbanos enfrentan suelos compactados, falta de espacio para sus raíces, contaminación, podas mal ejecutadas, daños producidos por obras y, en algunos casos, una selección inadecuada de especies. Por eso se requieren catastros actualizados, evaluaciones periódicas de riesgo, podas realizadas con criterios técnicos y reemplazo oportuno de aquellos árboles que se encuentran deteriorados.
Preparar las ciudades exige incorporar criterios ecológicos en el diseño y manejo de sus áreas verdes, aumentar las superficies permeables y asegurar recursos permanentes para la mantención del arbolado. Más áreas verdes no impedirán por sí solas todos los daños de una lluvia extrema, pero un paisaje urbano bien planificado sí puede amortiguar sus consecuencias. Y un arbolado sano y correctamente manejado no representa una amenaza: es una de nuestras principales defensas frente a la crisis climática.
Por Suzanne Wylie, directora ejecutiva de Fundación Reforestemos
Fuente: Corpo