El Índice de Calidad de Vida Urbana 2015–2025 nos deja una conclusión
incómoda para el Maule: no estamos en crisis, pero tampoco donde debiéramos
estar. El mapa regional que surge de este ejercicio muestra a Talca y Curicó
ancladas en un tramo medio bajo, mientras Linares, Constitución y San Javier
siguen en el nivel bajo. Hay casos que mejoran, como la comuna de Maule, que
sube de bajo a medio bajo, pero no vemos un salto estructural de la región hacia
niveles altos de calidad urbana.
El caso de Talca es especialmente ilustrativo. La capital regional mantiene su
categoría de nivel medio bajo en diez años, a pesar de exhibir avances en
ambiente de negocios y condiciones socioculturales. Es decir, crece el dinamismo
económico, mejora la oferta educativa, cultural y deportiva, pero no lo suficiente
para que la ciudad cambie de tramo. La nota más preocupante está en la
dimensión de salud y medioambiente, donde Talca retrocede, justo en un contexto
en que el discurso público habla de sustentabilidad, bienestar y ciudades
saludables.
Frente a este diagnóstico, insistir sólo en más recursos no basta. El problema no
es únicamente cuánto invertimos, sino cómo y dónde lo hacemos. La primera
palanca es la planificación territorial. Durante años hemos tratado a los planes
reguladores como trámites administrativos, cuando en realidad son el esqueleto
que ordena vivienda, movilidad, equipamientos, espacio público y protección
ambiental: exactamente las dimensiones que mide el ICVU.
El Maule tiene aún varios municipios sin procesos activos de elaboración o
actualización de sus instrumentos, y quienes sí los han iniciado se enfrentan a una
metodología que consideramos obsoleta: diagnósticos que se congelan,
participación reducida a ritual, y planes que tardan hasta una década en ver la luz.
En un entorno donde existe información en tiempo real en cada comuna, seguir
planificando con lógicas de “foto decenal” es condenar a la región a llegar siempre
tarde. Hoy es perfectamente posible, incluso apoyados en herramientas de
inteligencia artificial, levantar datos actualizados de uso de suelo, movilidad, déficit
de servicios y cambios socioeconómicos, y alimentar con ellos procesos de
planificación más ágiles y precisos.
Desde la Cámara Chilena de la Construcción Maule, a través de la Comisión de
Ciudad y Territorio, estamos intentando empujar justamente ese cambio de
paradigma. Estamos preparando un seminario en conjunto con la Seremi de
Vivienda para acercar a los municipios que aún no han iniciado la elaboración de
sus instrumentos, y para compartir que sí, el proceso es largo, pero puede ser
mucho más efectivo si se apoya en datos vivos y en metodologías actualizadas.
No se trata de “hacer el plano” por obligación, sino de entender que sin un buen
marco territorial es muy difícil orientar la inversión –pública y privada– hacia donde
realmente reduce brechas de calidad de vida.
La segunda palanca es la inversión en infraestructura. El Maule cuenta hoy con
una instancia inédita y valiosa: el Comité de Infraestructura Regional, donde
participamos junto a la Gobernación y las seremis de Vivienda y Obras Públicas.
Este comité nace precisamente para ordenar la conversación sobre dónde invertir
primero, cómo priorizar proyectos y qué territorios abordar con más urgencia.
Sostenemos que el ICVU debe ser una de sus brújulas principales, porque ofrece
una lectura objetiva de dónde la región está más atrás en empleo, movilidad,
salud, vivienda, entorno y cohesión social.
Hablar de “infraestructura con sentido ICVU” significa dejar de medir sólo en
kilómetros de ruta o metros cuadrados construidos, y empezar a preguntarnos
cuánta brecha concreta reduce cada proyecto en tal o cual comuna. Significa
reconocer que un parque bien ubicado en una comuna que lleva años en nivel
bajo puede valer tanto como una gran obra en una ciudad ya consolidada. Y
significa también asumir que el sector privado no llega sólo a “pedir”, sino a
sentarse a la mesa con propuestas técnicas, datos y criterios claros de
priorización.
El desafío para el Maule es salir del rango medio y de la complacencia. Tenemos
un diagnóstico claro, una herramienta robusta como el ICVU y dos espacios
institucionales –la Comisión de Ciudad y Territorio y el Comité de Infraestructura
Regional– capaces de articular cambios concretos. Lo que falta ahora es decisión
para actualizar la forma en que planificamos y el coraje de invertir primero donde
más duelen las brechas, no donde más fácil es cortar la cinta.
Fuente: cchc.