Hay algo inquietante en la forma en que reaccionamos frente a ciertos hechos. No por la condena, que es indispensable, sino por la rapidez con que creemos haber entendido lo ocurrido, como si el horror trajera su propia explicación.
Un estudiante mata a una inspectora. El país se estremece. La política condena y, de inmediato, surge el consenso: hay que hacer algo. Ese algo adopta una forma visible y tranquilizadora: pórticos detectores de metales en colegios.
La escena es conocida. Frente a la ansiedad, respondemos con dispositivos. Pero allí aparece una vieja paradoja: la confusión entre síntoma y diagnóstico. Actuamos sobre lo que vemos, como si en ello se agotara la causa.
¿Es el arma el problema? ¿O es el vehículo de algo más profundo?
Émile Durkheim advirtió que la desviación no es externa a la sociedad, sino una producción de ella. En Las formas elementales de la vida religiosa mostró que ritos y símbolos construyen comunidad, identidad y reconocimiento. Incluso en la desviación hay búsqueda de pertenencia.
Basta observar ciertos fenómenos actuales. Jóvenes que roban autos de lujo no sólo por el botín, sino para fotografiarse con armas y exhibirse. El acto no termina en el delito, sino en su publicación. Buscan visibilidad.
Lo mismo ocurre con códigos lingüísticos, ese “hermano” repetido incluso en universidades, que operan como contraseña de pertenencia. O los ritos de pandillas: gestos, marcas, territorios. No son sólo transgresión; son formas de comunidad. Durkheim lo habría reconocido: hay allí una búsqueda de lo sagrado. La diferencia es que hoy esos ritos no refuerzan el orden común, sino que configuran órdenes paralelos.
Max Weber permite entender su atractivo: no sólo se persiguen bienes, sino estatus. Y Hannah Arendt recordaría que toda acción visible, incluso destructiva, garantiza aparición. A esto se suma Peter L. Berger: la realidad social se construye. Cada acto visible no sólo alarma, también amplía lo pensable. La violencia se vuelve un repertorio disponible.
Sin embargo, seguimos respondiendo en lo superficial. El pórtico detecta metales. Pero no detecta humillaciones, ni aislamiento, ni la necesidad de ser visto. No detecta aquello que convierte la violencia en una opción. La paradoja es evidente: mientras más actuamos sobre los efectos, más intactas quedan sus causas.
En este contexto, Semana Santa aparece como contraste. Un tiempo que invita a la pausa, a la introspección, a preguntarse por el sentido. Las tradiciones religiosas han insistido en examinar la propia vida y reconstruir vínculos. Hay allí otra forma de reconocimiento: no la que surge de la exhibición, sino la que se funda en la dignidad y el respeto.
Quizás, entonces, debamos mirar menos hacia fuera y más hacia dentro. Hacia las familias. No sólo como espacios de control, sino de sentido. Porque muchas veces exigimos a la escuela o al Estado lo que comienza en el hogar: conocer a los hijos, comprender sus quiebres, orientar su necesidad de reconocimiento.
¿Cuántos saben realmente qué ocurre en la vida interior de sus hijos?
Reforzar la cohesión social, ampliar el reconocimiento legítimo y restituir el papel de las familias no es inmediato, pero es lo esencial. Si no se emprende ese camino, la violencia seguirá ofreciendo lo que otros espacios no dan, y como un acto reflejo y procedimental, confundiremos el síntoma con el diagnóstico, e impulsaremos leyes para controlar el síntoma, ahondando la enfermedad que subyace.
Como alguna vez lo expresó el Zorro al Principito (a propósito de su domesticación) …“Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”… “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…”
Desde la Asociación Chilena de Municipalidades reiteramos el compromiso por la cohesión social, comprendiendo que desde aquella construimos una sociedad mejor.
Ricardo Yáñez Reveco
General Director ® de Carabineros de ChileDirector CEGES
Centro de estudios y gestión estratégico de seguridad municipal
Asociación Chilena de Municipalidades