Uno de cada cuatro egresados de colegios públicos abandona la educación superior durante el primer año. Aunque la retención ha mejorado, la brecha según origen escolar casi no se ha movido en 17 años. Los datos recientemente publicados por el Servicio de Información de Educación Superior (SIES) 2024, muestran una permanencia de 85,2% en particulares pagados, 79,1% en subvencionados y 75,3% en públicos. La distancia sigue ahí.
De la misma forma, debemos reconocer que el acceso ha crecido y la matrícula supera el millón cuatrocientos mil estudiantes, sin embargo, entrar no garantiza quedarse. Y esa diferencia no es solo académica: también es vocacional y emocional.
Cada año, miles de jóvenes deciden qué estudiar sin conocerse lo suficiente, sin orientación adecuada y bajo presión. Muchos eligen desde el miedo a equivocarse o por cumplir expectativas ajenas. El resultado puede ser frustración, deserción, pérdida de tiempo y de rumbo.
Estas cifras reflejan una realidad cotidiana: estudiantes que toman decisiones sin herramientas ni acompañamiento profesional. Algunos no saben qué les gusta; otros creen que deben responder a lo que su entorno espera, y eso, muchas veces, se paga caro.
El costo de equivocarse no es solo académico, también es emocional. Detrás de cada abandono hay angustia, dudas y sensación de fracaso. Jóvenes brillantes que se apagan no por falta de capacidad, sino por desorientación. Familias que hicieron esfuerzos importantes y que no saben cómo ayudar.
Si queremos cerrar brechas, no basta con ampliar el acceso, es urgente fortalecer la orientación vocacional y el acompañamiento temprano. Elegir carrera no es completar un formulario: es una decisión de proyecto de vida. Y cuando esa decisión se toma con respaldo y autoconocimiento, la permanencia deja de ser una estadística y se transforma en oportunidad real.
Carolina Rojas Parraguez
Directora Académica
CPECH
Fuente: Impronta